GOMA 2
1. DICK
9:45 A.M.
Me encontraba ahí sentado, en un mugriento sofá de dos plazas entre dos gorilas que no me quitaban el ojo de encima. Jamás llegue a pensar que un simple asunto de drogas podría llegar a tales extremos. ¿Que culpa tengo yo de que un sucio negro me robara toda la coca? Mis intenciones eran buenas, solo quería cumplir con lo que se me había mandado y nada más. Ya me lo dijo Gregorio el Calvo: “Es fácil y muy simple: coges la coca y se la llevas a El Feo. El sabrá que hacer con ella.” Pero de camino a casa de El Feo tuvo que aparecer ese negro drogata que no tenía otra cosa que hacer que destrozarme el día. Y quien sabe si también la vida. En conclusión, la cosa estaba bastante mal: me habían robado la mercancía a punta de pistola, una mercancía que El Feo ya había pagado, y ahora estaba entre dos mastodontes armados hasta los dientes y esperando a que El Feo hiciera aparición. Cualquiera en mi situación habría desaparecido del mapa antes que ir a casa de El Feo a explicar lo ocurrido. A mi posiblemente me harían desaparecer ahora.
Miré a mi izquierda. Uno de mis vigilantes se había quedado dormido con la cabeza inclinada hacia delante, el otro contaba las manchas del techo. Entonces entro El Feo:
- ¡Bien chicos! – exclamó con una voz ronca y profunda. El que estaba dormido se despertó súbitamente – Perdonad el retraso pero estaba ocupado en unos asuntos un tanto importantes.
El Feo era un tipo grande y obeso, con aparente dificultad para respirar. Parecía ser una persona algo mayor, pero aún así conservaba una gran melena negra que le llegaba hasta media espalda. Decididamente tenía un aspecto ridículo: un viejo gordo y melenudo. Y feo, muy feo. “Feo con avaricia”, pensé. Me hubiera reído de él sino fuera porque ya tenía suficientes problemas para respirar correctamente sentado entre aquellos dos tipos.
- Y bien – continuó El Feo – tú debes ser... ¡Dick! ¿No es cierto?.
- Sí, así es señor Gómez. – respondí.
- Dick. Sí, ya se quién eres. Tú trabajas para el Calvo, ¿no es cierto?
- Sí, señor Gómez.
- ¿Y que es de su vida? ¿Sigue tan calvo como siempre? – estalló a reír. Sonreí – Pero la maldita alopecia de tu jefe no nos interesa ahora, ¿verdad que no? Tu venías a traerme algo que me pertenece, por eso estás aquí.
- Sí, venía a entregarle la mercancía que usted ya pagó a mi jefe.
- Exacto... a eso me refería yo. – entonces me guiñó un ojo - ¿Y bien?
- Pues verá – comencé a decir mientras me levantaba como podía del estrecho sofá. Me quedé de pie y empecé a caminar por la habitación. – No se como explicarle esto señor Gómez. No quiero que piense que le estoy mintiendo. Quiero que sepa que yo soy alguien que se toma su trabajo muy en serio. Pero he tenido un problema. Ha sido algo con lo que yo no tengo nada que ver, un imprevisto. Sí, eso ha sido, un maldito imprevisto.
- Deja de dar excusas y dime: ¿dónde narices está mi paquete? – preguntó El Feo muy serio. De repente su expresión cambió de sonriente a seria y muy cabreada.
- Me lo han robado. – contesté rápidamente. El Feo se quedó callado, mirándome con asco y desprecio. Pensé que seguramente miraría a las mierdas del suelo con más ternura que a mí. Me sentía como si tuviera la palabra ESTÚPIDO escrita en letras grandes y rojas sobre mi frente. Entonces el viejo gordo y melenas volvió a hablar:
- ¿Me estás diciendo... que te han quitado mi paquete? – preguntó acentuando fuertemente el mi. El sudor comenzaba a ser protagonista de su rostro furioso. Aunque al hablar lo hacía calmadamente, se podía adivinar toda la ira que iba acumulando y que posiblemente iba a descargar contra mi en cualquier momento. – ¿Sabes que haré contigo maldito bastardo? Te voy a cortar en pedacitos tan pequeños que ni la mejor escoba del mundo podrá barrerte. Créeme, todavía no sabes lo que es el dolor y el sufrimiento. – tragué saliva. Mis horas estaban contadas. – Y bien, – continuó – ¿se puede saber quien fue el idiota que te robó?
- Un negro – contesté otra vez rápidamente. Era lo mínimo que yo podía hacer por él, no hacerle esperar con mis estúpidas respuestas.
- ¿Un negro? – volvió a preguntarme. La cosa se ponía fea por segundos, pero aún así la situación no dejaba de ser cómica: dos tipos de dos metros cada uno sentados en un sofá y observando a un gordo feo discutir con un tipo estúpido que se había dejado robar por un pobre infeliz.
- Sí, así es – contesté mientras, inconscientemente, dirigía la vista hacia la ventana situada tras de mí a mi izquierda. Allí abajo, un negro cruzaba la calle. – ¡Ese negro! – mentí. Pensé que si me creían, podría salvar el pellejo.
Entonces todos fueron hacia la ventana y miraron a través de ella. Abajo en la calle había un coche azul y dos hombres con trajes negros metían cajas en su maletero.
- ¡Larry! ¡Andy! ¡Coged a ese negro! – gritó El Feo a los dos tipos que cargaban el coche. El negro se quedó parado en medio de la calle y empezó a correr. Los dos hombres corrieron tras él.
- Os apuesto lo que queráis a que no lo cogen – dijo uno de los dos gorilas.
Creí conveniente largarme de allí cuanto antes sin hacer mucho ruido, así que poco a poco me dirigí hacia la puerta, la abrí y corrí escaleras abajo. Al parecer los tres gángsteres no se dieron cuenta de mi huída, ya que al salir al callejón y mirar hacia la ventana, seguían allí observando como los otros dos intentaban cazar al negro, que corría como un verdadero atleta. Entonces El Feo giró su pequeña cabeza y dirigió su mirada hacia mi. Me miró sorprendido, después miró hacia dentro del piso y volvió a mirarme.
- ¡Idiotas! ¡Se nos ha escapado! – exclamó.
Los dos gorilas me miraron y en un segundo desaparecieron de la ventana. No hacía falta ser un genio para deducir que en unos segundos los tendría allí abajo conmigo, así que viendo que el coche azul era mi única escapatoria, me metí dentro de él y salí disparado del callejón hacia la calle.
Me dirigí hacia los dos tipos que perseguían al falso ladrón. Creí conveniente sacarlo del lío en el que lo había metido, así que me puse tras ellos, muy cerca, hasta conseguir que se tiraran hacia un lado. Pude ponerme a la altura del negro, que seguía corriendo, tal vez porque creía que yo era uno de ellos.
- ¡Sube! – le grité des del coche. El negro sacudió la cabeza sin mirarme. Realmente parecía muy asustado. – ¡Sube maldita sea! – pero el negro no tenía intención de parar, había decidido correr y no había manera de hacerle cambiar de idea. – ¡Si no subes esos dos de ahí te van a matar! – volví a gritarle. Entonces paró y yo frené delante de él.
- ¿Acaso no piensas hacer eso tu también? – me preguntó mientras tomaba aire.
- ¡Joder negro! ¡Si hubiera querido matarte te hubiera atropellado nada más arrancar! – le grité asomándome por la ventanilla. El negro pareció entender que era lógico lo que yo decía y corrió hacia la parte posterior del coche y se metió en el maletero. – ¿Pero qué...? – murmuré.
Entonces vi a los dos gángsteres levantarse del suelo y a uno de ellos sacando su pistola y apuntar hacia el vehículo. Pero el otro le dio una colleja y dejo de apuntar. Volví a arrancar el coche y me fui de allí a toda velocidad.
Conducía muy deprisa y estaba muy nervioso. Pensé en mi situación: me perseguía el peor gángster de la ciudad y había perdido una valiosa mercancía, cosa que también haría que mi jefe, Gregorio el Calvo, se enfadara; y para colmo tenía a un negro asustado en el maletero de un coche robado. No podía creer el follón del cual era protagonista. Ni tan siquiera podía creer que todavía siguiera con vida. Podía escuchar los gritos y las blasfemias que emitía el negro des del maletero. Podía escuchar sus insultos, los podía escuchar como si lo tuviera al lado. Había pasado de ser un negro asustado a un maldito negro histérico. Cada vez me ponía más nervioso. Cada segundo la tensión a la que estaba sometido era peor. Y cada vez apretaba más el pedal de acelerar.
2. LARRY
9:30 A.M.
Andy y yo llegamos al despacho de El Feo. Estaba sentado en su gran sillón tapizado, mirando la todavía joven mañana. Nosotros nos sentamos en unas sillas incómodas. Entonces El Feo se giró y nos miró sonriente, con un gran puro entre sus dientes amarillos:
- ¡Larry y Andy! Tan puntuales como siempre. – nos saludó amistosamente.
- Buenos días señor Gómez, ¿cómo le va todo? – pregunté yo cortésmente.
- Bien, bien gracias Larry. Pero bueno, ya sabes, esos malditos políticos...
- Si, ya sabemos. – dijo Andy – Continúan haciéndole la vida imposible, ¿no es cierto?
- Si, así es Andy, y por esa misma razón estáis vosotros aquí hoy.
- ¿De qué se trata? – pregunté yo.
- Veréis, esos inútiles no dejan de meterse en mis asuntos. Y eso a mi no me hace ninguna gracia. – dejó el puro en un cenicero de cristal – Por eso vosotros vais a hacer que cierren sus bocas para siempre. En el callejón hay un coche azul y ahí en el pasillo cinco cajas. Las cajas contienen Goma-2, dinamita, ya sabéis. – sonrió.
- Creo que ya le entendemos. – dije yo sonriendo también – Quiere que volemos el ayuntamiento.
- Exacto – dijo El Feo – Coged las cajas y ponedlas en el maletero del coche, después dirigios hacia el ayuntamiento y aparcadlo cerca de la puerta principal. Os largáis de allí y asunto zanjado. Una de las cajas tiene un temporizador que estallará en dos horas.
- Muy bien, no creo que tengamos ningún problema. Puede confiar en nosotros – dije mientras nos levantamos.
- Bien, sabía que erais los apropiados. Es más, lo único malo que puede pasar es que aparquéis en uno de los aparcamientos reservados para esos imbéciles y os multen ¿verdad? – dijo riéndose. Nosotros reímos también y le dimos la mano – Bueno chicos, nos veremos más tarde, cuando hayáis acabado. Yo ahora tengo a alguien esperando.
- No le entretenemos más – se despidió Andy.
Tardamos unos diez minutos en bajar las cajas abajo. Eran pequeñas cajas rectangulares de madera. La caja del temporizador era algo más grande, y la pusimos al fondo del maletero. Habíamos acabado de cargarlo cuando de repente vimos a El Feo y a tres tipos más asomados a la ventana. Dos de ellos eran Martínez y Hill, al otro no lo había visto nunca. El Feo nos miró y gritó:
- ¡Larry! ¡Andy! ¡Coged a ese negro!
Entonces vi a un negro parado en medio de la calle. Nos miró y nosotros le miramos a él. Era alto y delgaducho, de patas extremadamente largas, y en un abrir y cerrar de ojos echo a correr calle abajo.
- Dios mío, si le disparáramos las balas caerían al suelo antes de tocarle – dijo Andy.
- Cállate y corre – le dije yo al momento que empezaba a correr.
Corrimos tras él, pero nada podíamos hacer con un tipo que seguramente corría delante de leones allá en su país.
- ¡Joder Larry este negro corre mucho! – me gritaba una y otra vez Andy.
- ¿Quieres dejar de berrear y correr más? – le replicaba yo.
Pero entonces escuché un motor detrás de nosotros. Mire hacia atrás y vi el coche azul a punto de arrollarnos.
- ¡Andy hazte a un lado! – le grité.
Andy se giró y vio el vehículo. Se asustó mucho al ver que estaba a punto de ser atropellado por un coche cargado hasta los topes de Goma-2 y se tiró al suelo. Yo hice lo mismo y el coche pasó por entre nosotros dos a toda velocidad. Me quedé tirado viendo como el coche y el negro se alejaban, hasta que los dos pararon. Andy estaba de pie con su pistola en la mano. Me levanté, al mismo tiempo que veía como el negro se metía en el maletero del coche.
- Dios mío, ese negro esta loco... – murmuré. Entonces vi como Andy se disponía a disparar contra el coche y le di un golpe en la cabeza - ¿Estas loco? – le grité - ¿Qué problema tienes? ¿Pretendes disparar contra un coche bomba y hacernos volar a todos?
- Lo siento Larry – se disculpó sin dejar de mirar como el coche arrancaba y se empezaba a alejar – Lo había olvidado.
- Joder tío, tienes que estar más centrado.
Empezamos a caminar hacia el viejo callejón de nuevo. No podía creer el follón del cual éramos las estrellas principales: nos habían facilitado un coche y dinamita para volar un edificio y dos malditos imbéciles nos lo habían robado todo. Ahora había un loco y un negro de dos metros, sueltos por la ciudad con un coche bomba que haría explosión en menos de dos horas. Y lo peor de todo: también había un jefazo que seguramente estaría muy enfadado con nosotros.
Quince minutos después estábamos sentados en un asqueroso sofá de dos plazas en casa de El Feo. Él miraba por la ventana a la calle, mientras que Martínez y Hill estaban sentados en unas sillas al fondo de la habitación.
- Estamos en un pozo de porquería. – nos dijo El Feo – Yo no quiero matar a ningún civil, simplemente me quiero cargar a unos cuantos políticos. Pero parece ser que no va a ser así puesto que el coche está en manos de dos degenerados que no tienen ni remota idea de que es un petardo andante.
- Verá señor Gómez, yo creo que... – empecé a decir, pero me interrumpió.
- ¡Tú no crees nada! El único que cree aquí soy yo, y lo que creo es que ahora lo mejor que podemos hacer es quedarnos aquí y esperar a que todo esto haya pasado y rezar para que a esos dos inútiles no les de por aparcarlo frente a un colegio.
- Sí, creo que tiene razón – afirmó Andy dirigiendo la vista al manchado techo. Odio cuando se pone de parte de los demás.
Permanecimos algo más de media hora callados e inmóviles en nuestros sitios.
- Creo que necesito ir al baño – dije yo. Nadie dijo nada, ni siquiera me miraron.
Fue nada más entrar al baño y sentarme cuando escuché un fuerte golpe y pasos corriendo por el pasillo. Lo siguiente que escuché me dejó helado: “¡Todo el mundo quieto! ¡Quedan todos arrestados!”. Era la policía, y venían a por nosotros. Pero, ¿porqué? No tenían nada contra nosotros. Después de eso hubo gritos y jaleo. Decidí quedarme ahí donde estaba hasta que todo pasara. Todavía me parece increíble que ningún poli registrara el baño. Ese despiste fue el que me salvo la vida.
Seguí ahí sentado durante algunos minutos una vez que todo se tranquilizó. Después decidí ir a la comisaría para ver si podía hacer algo por los demás. Me cambié de ropa, ese traje negro llamaba demasiado la atención. Creo que eran las 11:15 minutos de la mañana cuando aparqué mi coche frente al edificio de la poli. Me bajé del vehículo y me senté sobre el capó rojo a pensar que podía hacer. Me quedé mirando la puerta de entrada, donde dos polis charlaban y se reían. Risas, y risas, y más risas.
- ¿Te has dado cuenta de que nunca hay gatos cerca de un restaurante chino? – reía uno.
- Es cierto, tienes toda la razón. Esos malditos amarillos se los deben comer. –decía el otro.
Me quedé embobado viendo como hacían chistes acerca de todo lo que veían a lo largo del día, cuando de repente, la parte este del edificio saltó por los aires. Los dos polis salieron disparados hacia la calle y yo me tiré al suelo para evitar que ningún cascote cayera sobre mi.
3. GEKO
10:30 A.M.
- Mire señor comisario, yo no tengo nada contra los blancos, - le dije al comisario - pero parece que ellos contra los negros sí, y en especial contra mi. Yo solo cruzaba la calle 6, la del callejón, y de repente y sin ningún motivo dos tipos vestidos de negro empezaron a correr hacia mi, y no con muy buenas intenciones que digamos. Antes de eso un viejo de pelo largo les había gritado desde una ventana del callejón “¡Larry! ¡Andy! ¡Coged a ese imbécil y matadlo!”. Como lo oye: me llamó imbécil y encima me quería matar. Suerte que el tipo del coche azul me ayudó.
- Y, ¿qué hacía en el maletero? – me dijo.
- ¿Qué que hacía? ¡Esos dos tipos se iban a liar a tiros con nosotros! El maletero era más seguro que el asiento trasero. Después no recuerdo nada más hasta el accidente.
- Sí, su amigo conducía muy deprisa y chocó contra una furgoneta. Está en el hospital con una pierna y algunas costillas rotas.
- Bien, pues después de eso a ninguno de sus inteligentes agentes se le ocurrió echar un vistazo al maletero, ¡y he tenido que aguantar ahí dentro media hora! Hasta que a patadas he podido abrir la puerta y me he encontrado en el patio de su comisaría.
- Lo sentimos mucho señor...
- Geko, señor Geko.
- Sí, sentimos mucho ese despiste señor Geko. Pero, ¿me puede describir otra vez al tipo de la ventana? – me preguntó el comisario.
- Si, era un tipo, por lo que pude ver, gordo y melenas. No puedo decirle nada más.
- Sí, muy bien, sabemos quien es. Es Gómez El Feo. Tiene un apartamento en ese callejón. ¿Y dice que intento matarle?
- Así es, y casi lo consiguió.
- Muy bien, muchas gracias señor Geko. Esto es todo lo que necesitamos para poder llevar a la sombra a El Feo y su banda.
Después de eso fui a otro escritorio a prestar declaración a otros dos policías. Estuve con ellos cerca de 45 minutos. Eran las 11:20 cuando el tipo gordo melenudo y tres tipos más entraron a la comisario escoltados por varios policías. Los sentaron en unos bancos al fondo del edificio. Me levanté y fui hacia ellos. Estaban muy serios y ni siquiera levantaron sus cabezas para mirarme.
- ¡Esto te pasa por meterte con negros, blanquito! – le grité al gordo feo.
- Piérdete. – me murmuró.
- Santo Dios... el coche... – decía otro con la vista clavada tras de mí. Me giré y vi el coche azul a través de una ventana que daba al patio.
- ¡Sí!¡Vuestro coche destrozado! ¡Eso os pasa por querer matarme! Pero tranquilos, dudo que volváis a coger otro coche en mucho tiempo. – les dije riéndome. Entonces empezaron a chillar los cuatro a la vez – Eso, ahora chillad. Pues, ¿sabéis una cosa? ¡Que os den! ¡No pienso retirar la denuncia!
Después de eso volví a donde estaba muy satisfecho. Fue sentarme en el escritorio cuando la parte donde estaban los cuatro gángsteres estalló en mil pedazos.
4. DICK
Geko, que era como se llamaba el negro, me contaba todo lo que le había sucedido en la comisaría mientras reposaba en una cama junto a mí en el hospital. Al parecer estalló una bomba en el edificio, aunque las únicas víctimas fueron El Feo y los suyos. A Geko le había dado en la cabeza una piedra que salió disparada. Ahora la tenía toda vendada.
- Por cierto – me dijo Geko – un primo mío le robó a un imbécil un paquete de coca. Yo no soy consumidor habitual, pero tengo la mitad del paquete en el bolsillo de mi pantalón. La podríamos vender y las ganancias a partes iguales. ¿Estás de acuerdo?
En honor al gran Tarantino.